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  LOS CHINACOS

 

A tentemozo/Por Jesús Torres


◆        Al galope entre las cañadas, el chinaco dio guerra a los invasores

◆        Defensor de la patria, con el lazo y con la lanza se forjó el charro

◆           El antepasado charro, hoy tristemente olvidado

 

Por Jesús Torres Briones
San Luis de la Paz (Guanajuato)

 

 Ante todo, hay que darle a Dafne Cruz Porchini la felicitación por entrar de lleno a una de las cosas olvidadas por la historia charra actual como lo fueron en su momento los Chinacos, dentro del libro recién editado por la Federación “Charrería: Origen e Historia de una Tradición Popular”.

 

En su capítulo titulado “Al Principio fue el Chinaco”, la subdirectora de la Curaduría del Museo Nacional de Arte nos lleva hasta la época del México recientemente independiente para conocer más acerca de esa mítica figura tan temida y respetada como es el Chinaco. Hace hincapié desde las primeras líneas en marcar la diferencia entre chinacos y charros al percibir el cambio de la concepción del jinete mexicano dentro del imaginario social antes y después de la Revolución Mexicana, que históricamente es el parteaguas para dicha diferencia.

 

Peca en algo la escritora y es que, sin razón de faltar a la verdad, confunde inocentemente al vaquero/ranchero con el chinaco, cuando son dos figuras históricas muy distintas. No es claro que se vea la diferencia a simple vista, hay que acudir a las lecturas contemporáneas de la época para encontrar la carga de diferenciación entre ambos hombres de a caballo.

 

Ya hemos mencionado en otras líneas que el vaquero original en el continente americano fue el vaquero mexicano (hoy conocido como charro), grande, fuerte, bueno para las fatigas, incansable para el monte y el potrero (ya lo había mencionado en alguna ocasión Amado Nervo) y sin par en el floreo y manejo de la reata de ixtle, distintivo sin igual del mexicano. Citando a Nebel y a Madame Calderón de la Barca, Cruz Porchini también rescata la denominación de Cuerudo, bien señalada debido al ajuar diario de faena de los rancheros del país.

 

El Chinaco, por su parte, encierra todas las cualidades del vaquero mexicano pero va más allá, pues para hacerse con esta codiciada denominación, el ranchero debió empuñar la ya olvidada lanza y mostrar su valía en el campo de batalla. Sí señores, el Chinaco es un soldado. Pero no cualquier infante de guardia nacional capaz de batirse hasta morir al frente de cien o doscientos hombres, sino parte de temidos escuadrones de caballería ligera, ya regulares ya de milicia, que desde el inicio propio de la guerra de independencia en 1810 hasta más allá de la revolución mexicana, fueron parte importante del poderío militar mexicano.

 

Ninguno de los autores actuales parece caer en ese detalle, tan bélico y glorioso en aquellos años como el ir a la guerra. Indudablemente, desde que el poder cayó en manos de civiles la presencia militar en nuestro país ha ido disminuyendo a pasos agigantados. En aquel tiempo, el hombre que no fuera a la guerra a defender la patria mexicana era mal visto por el resto de la sociedad. Eran los tiempos de las refriegas de fin de semana y de las invasiones estadounidenses y francesas. Y en ellas estuvo el chinaco.

 

Como lo marcan en sus obras Juan A. Mateos, Heriberto Frías, Roa y Bárcenas, Vicente Riva Palacio y tantos autores más, no puede entenderse la historia militar mexicana sin darle un capítulo entero a los chinacos. En un país surcado por extensas llanuras de norte a sur y de este a oeste, el florecimiento de la caballería fue propicio tanto para las labores civiles como para las militares. El hecho de los chinacos mexicanos en el esfuerzo bélico del país dio como resultado la formación de numerosos cuerpos de caballería, formados por los vaqueros de ranchos y haciendas, cuyo capitán era el mismo caporal que los mandaba. El mismo Riva Palacio asegura formar brigadas enteras cuyos cuadros son exclusivamente estos escuadrones, que tantas ventajas da a los republicanos durante la guerra contra el Imperio de Maximiliano.

 

Ya en la historia de independencia se hacen notar los de a caballo. Heriberto Frías en “Episodios Militares Mexicanos” menciona a muchos de esos jefes de escuadrón, conocedores del terreno, hábiles y de amplio criterio a la hora de sonar los cañonazos, que si bien no estaban a la altura de los jefes supremos de la insurrección (Allende y Morelos entre los más importantes) son expertos en el tipo de conflicto que en México es el más indicado para la defensa nacional: la Guerra de Guerrillas.

 

El mismo Frías (adorador de Porfirio Díaz hasta el cansancio) exclama “¡La Reata Mexicana! ¡¿Cuántos triunfos, cuántas victorias inesperadas en detalle ha logrado la gallarda y épica reata nacional?!” Esta devoción se debe a la técnica desconocidas para muchos pero que significó tanto para los conflictos en el siglo pasado: el Manteo.

 

El desaparecido diario Monitor Republicano, en su edición del 24 de diciembre de 1862 (incluso antes de la caída de Puebla ante los invasores en 1863), resume el Manteo de manera coherente:

 

                   A nuestros guerrilleros:

 

                   Bien se están conduciendo, y deseamos que continúen conduciéndose como hasta aquí, haciendo más y mayores males a los      invasores.

 

 

                   La táctica de ellos puede impedir algunos encuentros, si no se observa en esto otro proceder.

 

 

                   Los franceses se defienden entre sí en grupo cuando se ven acometidos, tres de ellos se colocan de espaldas cubriendo su retaguardia, disparan su arma, calan bayoneta y se creen invencibles en esta posición. Muy fácil es a nuestros guerrilleros         intrépidos acabar con ella y con los franceses que la guarden. Nuestra reata vale más que los grupos franceses y sus bayonetas.

 

 

                   Nuestros guerrilleros pueden formar lazada con las dos extremidades o puntas de cada reata, y colocar la lazada a la cabeza         de la silla. Cada par de guerrilleros tiene lo suficiente con una reata.

 

                   Dos, tres o más pares de ellos pueden ir sobre los grupos franceses, que serán desbaratados rápidamente. La manteada debe        ser soberana, y no dejará parado, sino muy maltratado, al grupo o grupos. Aconsejamos a nuestros intrépidos guerrilleros que          pongan en práctica estas manteadas. Ellas los libran de la punta de las bayonetas francesas, y en el galope o carrera de nuestros    caballos, no es fácil que las balas causen mal.

 

 

                   Les aconsejamos que hagan lazada a cabeza de silla, y que no amarren a muerte, para que en un caso necesitado puedan        desprender la lazada de la cabeza de la silla.

 

 

                   Aún en el caso de que los caballos queden sin jinete, por si pueden tener lugar las manteadas, si los caballos siguen    corriendo sobre el enemigo, lo cual puede conseguirse con caballos que busquen la querencia, como dicen algunos campiranos.

 

                   Unos cuantos caballos de querencia apareados pueden bastar para desbaratar un cuadro de franceses. La treta que ofrecemos      a nuestros guerrilleros no nos parece mala, y por eso se la dedicamos con mucho gusto.

 

 

Esta técnica, ya utilizada desde el tiempo de la independencia por ilustres guerrilleros como Albino García de Guanajuato, los Villagranes de Hidalgo, incluso las caballerías a las órdenes de Mina y Pedro Moreno, fue retomada con éxito durante la intervención francesa y el II Imperio. Inútil es reseñar una a una las escaramuzas donde los chinacos se vieron envueltos en combate con las tropas imperialistas, con las fuerzas expedicionarias francesas, belgas, austriacas y húngaras, más es merced señalar que los europeos no sufrían pocas derrotas cuando se las veían contra los guerrilleros en lo quebrado del terreno central mexicano.

 

A pesar de haber sido escrito por Paco Ignacio Taibó II ya hace varios años, en “La Lejanía del Tesoro” aparece una reflexión atribuida a Riva Palacio durante la campaña de Zitácuaro, dando muestra fiel de lo que significa la participación del caballo charro en los combates:

 

          Aquellos hombres estaban siempre en vela, como si la noche se hubiera hecho para emprender las marchas más difíciles             y provocar los combates más sangrientos; se habían acostumbrado a dormir a caballo, o cuando mucho despuntaban un sueño en      el suelo, recostados sobre los sudaderos y usando la silla de montar para dormir. Dos o tres tiros de mosquete y luego el bote de      lanza…

 

                Nuestros caballos (charros) son de mejor rienda y de más fáciles movimientos que los suyos (franceses). El ataque de la    caballería  (pesada, a sable) francesa es imponente y terrible, pero necesita campo abierto donde funcionar, donde acometer en                       compacta formación, donde es practicable la disciplina o, a falta de esas condiciones, la sorpresa.

 

 

                Pero desde el momento en que la carga de caballería se desbarata y se convierte en combates individuales, porque así lo     exige la naturaleza del terreno, en aquellos instantes en que la victoria depende más de la destreza personal en el combate cuerpo     a cuerpo, del dominio absoluto del jinete en los movimientos de su caballo, los europeos quedan muy atrás de nuestros chinacos,         que en dichas ocasiones aprovechan la ocasión de darle gusto a sus brazos para derramar sangre enemiga. La rienda de nuestros       caballos (charros) puede moverse con un sólo dedo…

 

 

De tal manera que la táctica era obvia y de fácil ejecución, similar a aquella que usaban los musulmanes para desbaratar los ataques de los cruzados en Tierra Santa. Las fuerzas francesas en México, ya desde el desembarco en 1861, componían su caballería con amplias líneas de los famosos Cazadores de África, junto a algunos escuadrones de caballería ligera. Conforme avanzaba el conflicto llegaban de Europa regimientos expedicionarios austriacos y húngaros de caballería pesada. La fuerza mexicana, republicana, por su parte la confirmaban, desde la caída de la capital hasta casi las victorias de Porfirio Díaz en Oaxaca, guerrillas ligeras formadas por chinacos.

 

 

La caballería europea durante siglos mantuvo su principal objetivo en la inmovilidad durante el combate, hasta el momento necesario para participar con una carga que desbaratara los flancos enemigos, barriera los destacamentos de artillería o bien se destacara en persecusión de las tropas contrarias en fuga. Pero en un país con las características como México, donde la gran mayoría de los efectivos, fuera del Ejército Federal eran hombres de a caballo, se encontraban de bruces contra la adversidad.

 

 

Los chinacos necesitaban poco espacio para maniobrar, como ya se ha mencionado, por lo que amagaban de frente al enemigo formado en batalla, atrayéndolo y embolsándolo en terreno quebrado, cerrado, sin darle espacio para moverse a sus anchas, compactando sus escuadrones de tal manera que los franceses se estorbaran unos a otros. Una vía de agua, pantanos y montañas eran suficientes para contener el ímpetu extranjero. Y aquí venía el contrataque de los chinacos. Montados en sus pequeños caballos, fogosos y bien arrendados, en el combate individual aprovechaban la movilidad de sus cuacos para hurtarse fácilmente de las temibles cargas de la pesada caballería enemiga. Así como los estadounidenses lo vivieron en 1847 (de pesadilla en las sierras para los gringuitos), los chinacos fácilmente le ganaban la espalda a los franceses y a filo de machete y punta de lanza decidían los combates.

 

 

Así, manteando contra la infantería francesa, y aprovechando la movilidad que les caracterizaba contra la caballería enemiga, aún quedaba un serio enemigo: la artillería. Pero esto tampoco era obstáculo para los guerrilleros. Si no participaban en emboscadas en las serranías ni ataques premeditados contra los convoyes de suministros extranjeros y cortar sus comunicaciones, las guerrillas chinacas se unían al ejército regular mexicano en batallas campales. Ciertamente no era su área de experiencia, pero zanjaban los inconvenientes con astucia y maestría.

 

 

Permitían que las infanterías de ambos bandos empeñaran el combate en el centro de las líneas, aprovechando siempre los desprotegidos flancos enemigos, donde no hubiera caballería de reserva, y con el terreno adecuado donde poder cargar. Generalmente la carga de la caballería mexicana la encabezaban cuerpos de cazadores a caballo o bien de caballería de línea, que con carabinas y a sablazos deshacían los cuadros enemigos y permitían el paso a los chinacos que, armados con lanzas, protegían a los lazadores.

 

 

Tal como lo trovan los corridos de la revolución, éstos lazadores llegaban, reata de ixtle en mano, para amarrar entre tres o cuatro de ellos una pieza de artillería, y a cabeza de silla se la llevaban a su propio campo, donde los artilleros republicanos siempre tenían sirvientes necesario para atender estos cañones capturados, los cuales eran inmediatamente asestados contra sus antiguos poseedores. Ya la caballería de Allende había realizado éste movimiento en el Monte de las Cruces en 1810 contra los españoles, dando inicio a esta larga tradición de lazar cañones cual si fuera ganado, contribuyendo en gran medida al resultado de la batalla.

 

 

Desde 1863 hasta 1867, el chinaco fue partícipe singular del triunfo dela República ante el Imperio establecido por los franceses en territorio mexicano. Pero, rebasando 1870 con la certeza de mejorar las defensas nacionales contra el extranjero a fin de evitar un episodio tan oscuro como fue el II Imperio, se comenzaron a tomar rasgos extranjeros (preferentemente de los Estados Unidos) para tener a México dentro de la revolución progresista que vivía el mundo en el último cuarto del Siglo XIX.

 

 

 La figura del chinaco fue desapareciendo lentamente del imaginario social. Durante el largo gobierno de Porfirio Díaz, las ordenanzas de caballería dejaron de lado el uso de la lanza y el machete durante los combates. Estaba por terminar la época  de la caballería en el teatro de la guerra, con la llegada de las armas de repetición y la mayor precisión de la artillería, por lo que unos cuantos soldados con una ametralladora eran capaces de detener una carga de caballería sin daños propios.

 

 

Además, Díaz procuró en lo sucesivo tomar el modelo europeo para sus fuerzas por lo que, a excepción de los Rurales, la caballería mexicana se profesionalizó en gran medida, tomando el rol original de los dragones (soldados de infantería que se transportaban a caballo pero luchan pie a tierra), quedando en el olvido las hazañas de cuerpos tan heroicos de épocas inmediatamente anteriores como los Húsares de los Supremos Poderes, Lanceros de Guanajuato y Jalisco, los mundialmente famosos Coraceros de Tulancingo, convirtiéndose en fomentar hasta 26 Regimientos de Caballería de Línea, que vieran acción en contra de los rebeldes durante la Revolución Mexicana de 1810.

 

 

En el olvido quedaron nombres de grandes guerrilleros como los Pachones, Albino García “El Manco de Celaya”, los hermanos Villagrán de Nopala, Crescencio Morales, Nicolás Romero, Luis Robredo, Félix Bernal, Francisco Serrato, Donaciano Ojeda, Luis Carrillo, Lino Basurto, y a generales de postín en el ejército profesional que, sin embargo, fueron grandes cuerudos en sus años mozos, como Anastasio Torrejón, Julián Juvera, Esteban Moctezuma, Juan Álvarez, el mismo Iturbide, Miñón, el cubano Parrodi, quien fuera presidente Vicente Canalizo, Frontera, Vicaino, Noriega, Quijano, tantos y tantos más…

 

 

Iniciaba el siglo XX. En la Maestranza dejaban de fundirse, después de siglos de trabajo, puntas para forjar lanzas, pasando a fundir bronce para los nuevos cañones Mondragón. Ya los sables sólo pertenecían a la aristocracia que llenaba la oficialidad de los cuerpos consentidos de caballería del General Presidente. Pero, de los pueblos, ranchos y haciendas, el grito de democracia y libertad se dejó escuchar desde 1910. Entre el retumbar de los cañones y el traqueteo de las ametralladoras, el chinaco regresaba a los campos de batalla en las espuelas de los revolucionarios. De los Dorados, en las cananas de Emiliano Zapata. A imagen y semejanza del chinaco, con los cambios de la temporalidad, nació el actual charro mexicano.

 

 

 

 

 

Bibliografía:

Frías, Heriberto (1901) Episodios Militares Mexicanos. Editorial Porrúa, México DF. Pp. 313

Mateos, Juan A. (1993) El Sol de Mayo. [Primera Edición 1868]. Editorial Porrúa, México DF. Pp. 449

Roa y Bárcenas, José María (2003) Recuerdos de la Invasión Norteamericana (1846-1848). Tomo II. [Primera Edición 1883]Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. México DF. Pp. 833

Taibo II, Paco Ignacio (2003) La Lejanía del Tesoro. Editorial Planeta DeAgostini-CONACULTA. México DF. Pp. 313

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Comentario

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Comentario de omar sanchez loaiza el marzo 14, 2011 a las 9:54pm
Que buena publicaciòn esta, gracias por darnolas a conocer y retomano lo de los trajes de charro seria bueno subir algunas fotos ed trajes tanto antiguos como actuales yo me imagino que aqui hay mas de 10 personas que tengan fotos, bueno es un comentario, saludos y felicitaciones.

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